jueves, 6 de octubre de 2011

INSEGURIDAD JURÍDICA DE LOS MILITARES

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CCPPM
Centro Colombiano de
Pensamiento Político-Militar

Editorial

DEFINITIVAMENTE ACORRALADOS

Se ha puesto de moda retirar del servicio activo a los soldados profesionales investigados después de dos meses de su detención. Ello ha traído como consecuencia que, además del gasto ingente para asumir su defensa por parte de cada uno, el Estado, las Fuerzas Militares, su EJÉRCITO,  aquellos por los cuales estuvieron dispuestos e entregar sus vidas, se encarguen de dejarlos en la más absoluta desprotección moral y económica.

Esta agresión, que no de otra cosa se trata, ha generado una reacción negativa y peligrosa, que conduce a que sintiéndose abandonados a su suerte, sea mejor acogerse a la llamada  sentencia anticipada o a aceptar cargos, por ser más favorable que los riesgos de un juicio sin defensa. La estrategia de la fiscalía ha surtido efectos y son muchos los subalternos que buscan garantías, si ello implica llevarse por delante a los superiores, como perversamente lo proponen los investigadores a quienes se ven involucrados.

Cuando el barco se hunde, y ese pareciera ser el caso, aunque parezca una perogrullada, la razón indica que es mejor salvarse; cuando la desesperación es el estímulo de las acciones, y ese es también el caso, la lógica desaparece y la cordura se reemplaza por la sinrazón y la locura; entonces, lo que pareciera ser irracional, como no defenderse en un juicio cuando se tiene la más absoluta conciencia de la inocencia propia, se muestra como la mejor alternativa y de pensar que, injustamente, puede ser condenado a cincuenta años, se opta por cualquier medida que parezca mejor: 25 años o menos de prisión, siempre y cuando acuse a sus superiores, como es la fórmula que hoy se les propone
Los militares no solo están cercados hoy por el terrorismo en sus diferentes expresiones (guerrilla, narco, organizaciones de fachada, etc.) sino, más grave aún, por la justicia que cambió de bando y, finalmente por ellos mismos.

Que sean acciones que provengan de sus enemigos naturales, es lo que se espera en una guerra; que el ataque emane de los jueces y los fiscales, en la situación actual resulta comprensible ya que aquellos se sumaron a la lucha de los primeros, producto de una larga labor de infiltración en la rama judicial, pero, lo que finalmente si desconcierta y no tiene explicación, es que la agresión provenga de quienes tienen la obligación de protegerlos de los ataques de los anteriores. No resulta para nada lógico que quienes tienen la obligación legal y moral de asumir los retos y contrarrestar los ataques se sumen a aquellos. Ello parece absolutamente irracional, descabellado, absurdo e inconcebible.

Quienes lo promueven, por guardar las apariencias o mantenerse aislados y alejados de cualquier sospecha o simplemente, para cubrirse del mismo tipo de acciones en su contra, esperanzados tal vez en que por ello se apartan de las represalias, olvidan que los promotores de la guerra jurídica y sus discípulos no necesitan hechos reales, ciertos, solo aprovechan las oportunidades sin consideración de sus autores, los cuales, entre más alta jerarquía tengan, mejor; ya que solo requieren de la ocasión y esa es la que se brinda con las medidas como la que se reseñaba al inicio.

Olvidan los comandantes que para el montaje de pruebas  el terrorismo cuenta con verdaderos especialistas, incrustados o no en las estructuras del poder judicial, quienes  asumirán esta tarea a la perfección para fabricar las que se requieran, especialmente cuando el paso de los años ha llevado a la pérdida de la memoria y de las evidencias que no fueron recolectadas. En esta actividad tienen la mejor experiencia y son los maestros; sino, mírense los resultados, porque, no nos llamemos a equivocaciones, si bien es cierto que hay personas que se extralimitaron, la gran mayoría, un altísimo porcentaje de quienes hoy están procesados o condenados, nada tuvieron que ver con los hechos delictuales con los que hoy se los vincula, son, simplemente,  víctimas de la persecución desatada por la guerra jurídica.

Camuflarse detrás de medidas que van en contra de sus subalternos caídos en desgracia, es propiciar la desmoralización que reina actualmente  en el estamento militar, es dar garantías a la subversión y el terrorismo para que continúen en el mismo camino de éxito. Pretender que por ello no van a ser también víctimas, es ingenuo y cándido. Las herramientas con que están dotando hoy a sus enemigos, serán las armas que mañana aquellos utilizarán contra quienes las suministraron. La miopía para analizar los hechos, para examinar la realidad, no es la mejor de las técnicas; ella conduce a la subvaloración de las amenazas y a equivocaciones en el tratamiento.

No es una medida afortunada el lanzar a los tiburones a una pléyade de muchachos, los soldados profesionales expertos en la guerra militar, especialistas en el combate, pero inexpertos e inhábiles en la lucha jurídica en cuyas lides se mueven con la torpeza y la impericia propia de la ignorancia, frente a quienes desde hace cerca de cincuenta o más años decidieron  prepararse para crucificarlos. 

Constituye negligencia extrema no tomar las acciones que se requieren para preservar la integridad de la Fuerza, así como constituye falta de entereza y carácter sacar el cuerpo y eludir las responsabilidades para no tener que enfrentar a quienes tienen en sus manos la conducción política de la guerra y la obligación de suministrar los recursos, entre ellos, el principal, una normatividad que asegure que los militares no sean tratados como delincuentes por las acciones lícitas de la guerra a la luz del Derecho Internacional Humanitario, del Derecho de la Guerra. 

Por igual, es reprochable la actitud indolente, ya no solo de los mandos militares, sino de la población en general, quienes  miran preocupados, pero impávidos, como sus Fuerzas Militares se desmoronan y caen abatidas a punta de carcelazos  y destituciones, lo que ha llevado a que en el 2011 estemos a las puertas del 2000 en lo que a materia de inseguridad se refiere.

No es encubriéndose en acciones contra sus subalternos como la guerra se va a ganar, ya que ello solo conduce a acelerar la derrota; es mostrando carácter para exigir las garantías que permitan adelantar con éxito la guerra.

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