¿Perdimos la guerra? MIGUEL GÓMEZ MARTÍNEZEl mayor triunfo de la guerrilla es haber convencido a los líderes de opinión en Colombia que la victoria militar no es posible. Con la excepción de Álvaro Uribe, todos los mandatarios colombianos desde la época de Belisario Betancur repiten sin cansarse que la única opción que tenemos es la negociación. También lo sostienen la totalidad de los medios de comunicación, los líderes empresariales, los políticos, las ONG e incluso algunos militares.Si existe este consenso tan amplio, ¿por qué no es posible la paz? ¿Por qué llevamos décadas sin resolver el problema? ¿Por qué Colombia tiene el conflicto interno más largo de la historia? Contrario a lo que creen los oportunistas de la paz, no hay paz porque no hemos querido ganar la guerra. La historia de la humanidad confirma una y otra vez que la paz es el fruto del triunfo en la guerra. No hubo paz en Europa mientras no se derrotó a Hitler. No hubo paz mientras no se derrotó a Napoleón, no hubo paz en Vietnam hasta que las guerrillas comunistas no derrotaron a los Estados Unidos.Algunos dirán que Colombia sí ha pagado el precio de la guerra. Invocarán los miles de muertos, los secuestrados, los mutilados, los huérfanos, las viudas y los millones de víctimas. A pesar de esas horribles y dolorosas cifras, la verdad es que esta sociedad, desde su independencia, ha tenido violencia pero no ha enfrentado una guerra. El siglo XIX es la demostración evidente de que los conflictos nunca se resolvían de manera definitiva y por ello resucitaban periódicamente. Las victorias y por lo tanto las derrotas eran simbólicas; las negociaciones de paz no eran sino altos al fuego temporales esperando un cambio de entorno más favorable para alguna de las partes. Tal vez la excepción sea la Guerra de los Mil Días -en la que un ejército venció militarmente al otro- y por ello pudimos gozar de más de cuarenta años de paz ininterrumpida.El Gobierno tiene una agenda para volver a justificar la apertura del diálogo con la guerrilla. Con gran habilidad ha ido moviendo sus fichas para convencernos de que, en esta ocasión, la guerrilla tiene el deseo de no engañarnos. La reforma constitucional denominada “marco jurídico para la paz” define lo que el Estado le ofrece a la guerrilla: impunidad para las acciones contra los derechos humanos y los crímenes de guerra. Luego de haber aprobado la ley para las víctimas, el Congreso aprobaría para tal fin una ley para los victimarios.A pesar de las múltiples frustraciones de los procesos de paz, la mente de los colombianos sigue dominada por el escenario del diálogo. Estamos convencidos de que podemos evitar el duro camino de la victoria militar. Muy a la colombiana, queremos comernos el pastel sin engordar. Así no sea políticamente correcto afirmarlo, el camino de la paz ha estado siempre antecedido del horror de la guerra.La guerra podemos haberla perdido ya en las mentes. Y como la hemos perdido, las condiciones de paz nos las impondrá el triunfador, en otras palabras la guerrilla.Suena fuerte pero para tener derecho a la paz hay que pagar el precio de la guerra.*Representante a la Cámara
Trabajamos por la supervivencia de las Fuerzas Militares de Colombia, hoy amenazadas por una guerra jurídica sin precedentes en la historia del país.
sábado, 1 de septiembre de 2012
viernes, 31 de agosto de 2012
LA PAZ EN COLOMBIA
La paz, ganando la guerra
Por: SAúL HERNáNDEZ BOLíVAR | 6:31 p.m. | 27 de Agosto del 2012
Saúl Hernández Bolívar.
Tomado del periódico de El Tiempo
Ganar la
guerra es debilitar al enemigo tanto como sea necesario hasta lograr que este
resigne sus aspiraciones y se someta
a la legalidad.
Todos los
colombianos queremos la paz, pero ¿cuál paz? La que sueñan los farianos y sus
adláteres es la de una Cuba continental gobernada por
ellos; un 'paraíso' comunista, dictatorial y retrógrado. La que soñamos los
demás es una Colombia en relativa calma,
donde todos tengan oportunidades de progreso bajo el
marco de unas reglas claras que todos debamos cumplir.
Sobre esto, creo que surgen dos preguntas: una, si es válido o no firmar una paz en la que se configura más de lo primero que de lo segundo, y dos, si unos diálogos son el camino obligado a la terminación del conflicto. En ambos casos, la respuesta es un no rotundo. Por eso, las conversaciones secretas de Santos con las Farc tienen mucho de cuestionable.
Sobre esto, creo que surgen dos preguntas: una, si es válido o no firmar una paz en la que se configura más de lo primero que de lo segundo, y dos, si unos diálogos son el camino obligado a la terminación del conflicto. En ambos casos, la respuesta es un no rotundo. Por eso, las conversaciones secretas de Santos con las Farc tienen mucho de cuestionable.
En cuanto a lo primero, no sabemos
qué concesiones graciosas vaya a hacer un gobierno débil, ostentoso y falaz,
que no tuvo reparos en cambiar todo el libreto de su programa de gobierno. En
cuanto a lo segundo, es un sofisma deleznable equiparar la búsqueda y consecución de la paz
con diálogos de paz o negociación
política, puesto que los diálogos no conducen necesariamente a la terminación
del conflicto. Por el contrario, sabemos que las negociaciones con las Farc -desde Belisario hasta Pastrana- han conducido a su fortalecimiento y no a su disolución.
Es cierto que el artículo 22 de la
Constitución Nacional dice que "la paz es un derecho y un deber de
obligatorio cumplimiento", pero en este caso no es el Estado el que
incumple y, por ende, el que estaría obligado a cumplir. El Estado no es un actor del conflicto ni es el que está haciendo la guerra.
Por tanto, creer que el gobernante está obligado a hacer 'lo que sea' para
conseguir la paz es tan absurdo como creer que esta se consigue si se
desmantela el Ejército. Esa es una falacia idéntica a esa de que "si no
hubiera medios no habría terrorismo".
Muy al contrario de
lo que algunos creen, el artículo segundo de la Constitución expresa claramente
que las autoridades no están para hacer concesiones sino "... para proteger a todas las personas (...) en su vida, honra, bienes, creencias y demás derechos y
libertades, y para asegurar el cumplimiento de los deberes sociales del Estado
y de los particulares".
Combatir a los violentos es un mandato constitucional que no puede confundirse con 'guerrerismo', pues en
ningún momento se pretende el exterminio hasta del último guerrilleropara dar por
terminado el conflicto. No, ganar la guerra es
debilitar al enemigo tanto como sea necesario hasta lograr que este resigne sus
aspiraciones y se someta a la legalidad. De hecho, si el gobierno de Uribe hizo acercamientos 'secretos', era precisamente para averiguar si ya
había disposición de abandonar la lucha armada. Sobra decir que esa estrategia
de debilitamiento se estaba haciendo muy bien hasta que el presidente Santos cambió de línea.
Pensar con el deseo no es una actitud
responsable. Sería idílico que los acercamientos en Cuba
conduzcan a un cese del fuego de aquí a diciembre y que las Farc se
desmovilicen -de una vez y para siempre- justo a tiempo para que Santos sea
premiado con la reelección. Pero estamos muy grandecitos como para andar
creyendo en fábulas y dudamos de que haya una sincera voluntad de paz por parte
de las Farc. Presidente Santos: la paz es la victoria, sí, pero como bien dice el general Navas, esta se obtiene ganando la guerra.
Antioquia Presente cumple
Antioquia Presente cumple hoy su
promesa de entregar en este mes de agosto 40 soluciones de vivienda para
familias damnificadas por la tragedia de La Gabriela, ocurrida en Bello
(Antioquia) el 5 de diciembre del 2010. La obra fue financiada con donaciones de
la ciudadanía por 1.465 millones de pesos y un aporte de 977 millones del
Gobierno Nacional. Felicitaciones a la Corporación y a su acuciosa directora,
Margarita Inés Restrepo.
miércoles, 15 de agosto de 2012
La lucha por los derechos de los militares
¿POR QUÉ SE HACEN LOS LOCOS?
Por Coronel Gentil Almario Vieda
Toda Colombia, su Presidente, el pueblo,
los medios de comunicación, los poderes del Estado saben que las Fuerzas
Militares enfrentan una guerra sin protección jurídica y que la Justicia que
los destroza está en manos del enemigo y sus secuaces, con muy contadas excepciones.
El tema se ha tratado a regañadientes y con sordina en
la televisión, la radio y la prensa escrita, intentando farisaicamente jugar a
todas las bandas al publicar lo que
dicen y escriben quienes no comulgan con el estado de cosas que
están haciendo que el país recaiga en poder de los terroristas de las FARC y el
ELN.
Debe tomarse conciencia de la apología que por la
mayoría de los medios se hace a los bandidos, el despliegue que se da a los
agentes de los terroristas, secuestradores y narcotraficantes. El apoyo que
esos medios dan a miembros de las FARC y
el ELN cuando abierta y descaradamente arengan a los delincuentes alentándolos
en contra del Ejército y del gobierno con el argumento de que todo el mundo es
libre de decir lo que quiera.
No pretendo enumerar la cantidad de afrentas,
injusticias y desafueros de que son víctimas los militares y que conoce la
opinión pública, como son las condenas con testigos falsos o comprados y en
general fabricadas por fiscales y jueces siguiendo consignas manchadas con
ideologías políticas contrarias a los principios que defienden las Fuerzas del
Orden en cumplimiento de la Constitución Nacional.
Es sabido también que el sistema operacional del
Ejército ha sido intervenido en forma tendenciosa y absurda de manera tal que
se favorece al terrorista y se vulnera la protección legal del combatiente que
lucha por la integridad del Estado. Es conocido que el Comando General de las
Fuerzas Militares con la presión y auspicios de un genio que fue Viceministro de Defensa estableció
un compendio de normas que se llamó pomposamente “REGLAMENTO JURÍDICO
OPERACIONAL” que deben cumplir como guía las Fuerzas en combate y que atentan contra el
soldado en su integridad y favorecen escandalosamente al bandolero.
Solo me referiré a una de esas monstruosidades que
consiste en que en acciones de combate el soldado no puede disparar su arma
contra su enemigo sino hasta cuando el bandido lo haya hecho contra él. Esto
solo tiene una manera de entenderlo: debe dejarse matar.
Este demoníaco mamotreto no tiene antecedentes en
Colombia ni en ningún ejército del mundo. Fue producto de
presiones de organismos internacionales como La Cruz Roja Internacional
y otros engendros en su condición de ONGs, favorecedoras de los derechos
humanos de los terroristas. Es oportuno recordar que el militar colombiano no
tiene derechos humanos.
¿Quien en estas circunstancias, adobadas con otras de
igual estupidez, que están en plena vigencia, querrá entrar en combate a
sabiendas de que el Estado no le brinda la más mínima seguridad jurídica?
¿O es que alguien se imagina que el militar no piensa y
no ve lo que jurídicamente se está haciendo con él poniéndolo ante la
alternativa de su sacrificio o su ingreso a La Picota?
Se dice en diversas formas y con palabras diferentes
que la Fuerza Pública está desmoralizada y que es una de las causas por las
cuales la Seguridad Democrática está en retroceso.
El presidente de la República ha dicho que hablar de
desmoralización del Estamento Militar es una afrenta. Cambiémosle el nombre y
digamos entonces que no están desmoralizadas sino desmotivadas que a la postre
es lo mismo.
A pesar de lo dicho tenemos la convicción de que las
Fuerzas Militares están combatiendo a pesar de todo y están mostrando
resultados. Si hubiera la honestidad política y jurídica indispensables para
dar la mencionada protección jurídica al combatiente la guerra ya hubiera
terminado y otra sería la historia.
La guerra no se gana sin el respaldo de toda Colombia y
Colombia es el Pueblo, el Poder Ejecutivo, el Poder Legislativo y el Poder
Judicial. Desafortunadamente da la impresión de que cada uno de ellos anda por su lado. No existe como Objetivo
Nacional ganar la guerra. Todos los argumentos que se esgrimen al respecto son
para favorecer y apoyar a los terroristas
enemigos del Estado en el logro del objetivo fundamental que no han logrado, de quebrar la voluntad de lucha de sus Fuerzas
Militares.
Todo esto es sabido ampliamente. También se sabe cuál
es el remedio. Entonces ¿por qué se hacen los locos quienes tienen la
obligación moral y legal de poner coto a tamaña injusticia en lugar de todos
los días quejarse como las vírgenes necias a sabiendas del mal que están
haciendo al país en el orden social, económico y moral?
Cor. GENTIL ALMARIO VIEDA.
domingo, 5 de agosto de 2012
SIGAMOS PENSANDO Y HABLANDO
Por: MG. Carlos Quiroga Ferreira
Miembro del Centro Colombiano de Pensamiento
Politico-Militar
Un prestigioso general de la reserva activa, en un
almuerzo de Generales, nos sugirió que no podemos hablar de la seguridad en Colombia o
criticar la forma en que el gobierno ha enfrentado este reto y menos criticar
al Presidente Santos, porque eso era politizar la seguridad y
que esta no se debe politizar, además de decir que no se puede hablar de la manera
como están actuando las Fuerzas Militares y de Policía, porque esto se
convierte en una politización de las Fuerzas.
Vaya posición tan política y entregada, al asumir una defensa a ultranza,
para lo que se es libre, pero que no nos
venga a decir que al ver como se deteriora la seguridad, como mueren nuestros
hombres, como perdemos control territorial, como atacan y retoman poblaciones,
como tratan de sacarnos de algunas regiones del país, como se reanudaron los
paros armados y los ataques a la infraestructura petrolera, no podemos opinar y
decir lo que pensamos y tenemos que esperar que al amparo del marco jurídico para
la paz y la no existencia de fuero y justicia penal militar, los terroristas se
adueñen del país y nuestros hombres los maten, mutilen o los manden para la
cárcel 40 0 50 años, como ha venido sucediendo, y a nuestro Ejército lo
humillen y maltraten, permitiendo que lo saquen de donde las FARC o las ONG ordenen.
¿Eso es lo que esperamos que suceda? Yo no creo que
debamos esperarnos hasta allá.
Este es un gobierno que calla y acalla, calla al
aceptar todo lo que pasa, guarda silencio, para no incomodar a las FARC y a su mejor amigo, y
acalla a quienes informan o alertan al país sobre lo que está pasando.
Mientras tanto, reparte la mermelada en la tostada
del Congreso y las Cortes; congreso corrupto, lleno de lagartos y
clientelistas, con muy pocas excepciones; y cortes, representación de la
justicia, también corrupta, politizada, ideologizada y perseguidora de los
militares.
Estoy seguro que los militares retirados podemos
hacer mucho, no plegándonos a los designios de los políticos de turno, luchando
por el fuero y la justicia penal militar , siendo críticos positivos y
desenmascarando todo lo que pasa con los políticos y la política, con la
justicia.
Algunos de nosotros todavía creen en el Congreso y
el Ejecutivo, que la cosa se arregla con buenas relaciones, con lobby. Vaya
equivocación, eso no es por ahí. Lo que hay que hacer es cambiar las costumbres
políticas de este país a través de leyes que hagan que la política sea un
servicio público y no una carrera, que exista una ley de defensa y seguridad bien
hecha, marcada por nuestros conceptos y experiencias, que obligue al Presidente
de la Republica a seguir unos lineamientos en esta materia y no sea el capricho
del gobernante, que haga perder lo que se ha conseguido. Nosotros podemos hacer
mucho en esto.
Quiero recordarles que las FARC actúan como actúan porque tienen armas y
dinero.
MG (RA)
CARLOS O QUIROGA FERREIRA
Por:
Mayor General (RA) Carlos Quiroga Ferreira
Miembro
del Centro Colombiano de Pensamiento Politico-Militar
Poco a poco se van
conociendo antecedentes y causas de lo que paso entre los días 15 y 18 de julio
de este año en el Cauca, con las bases
militares del Ejército, que lleva a desenmascarar la asonada de algunas comunidades
indígenas y otros personajes, como Piedad Córdoba.
En el mes de mayo se
conoció que se estaba buscando un despeje del departamento del Cauca para
iniciar diálogos de paz con las FARC;
después vino la marcha patriótica que promovía estos diálogos y por último los
hechos que todos conocemos de humillación al Ejército Nacional en Toribio y
otros sectores del norte del Cauca.
Tal como lo hemos visto en el video revelado
por un medio de comunicación, la exsenadora Piedad Córdoba, que todos sabemos
aboga por las FARC, se
reunió con indígenas en territorio del municipio de Miranda(Cauca), donde podemos ver y
escuchar su incitación a los indígenas a sacar al Ejercito Nacional de lo que
ellos llaman sus territorios, rechazando la existencia de bases
militares, con estas palabras: “No queremos más guerra, no queremos bases
militares y, sobre todo, no queremos que desprecien a la comunidad con el
argumento de una base militar, que se gasta la plata de los impuestos en una
guerra que la gente no quiere y no necesita"; incitando a tumbar al Presidente Santos y utilizar la
guardia indígena para cumplir estos propósitos; además de acusar al Ejercito de
sembrar minas antipersona.
Más claro no canta un gallo: despeje para las FARC.
Si se hace un
análisis de estos hechos, se puede concluir que nada de lo que sucedió entre el
15 y 17 de julio es gratuito, obedece a una bien planeada estrategia presentada por la exsenadora, que incluye a los indígenas, donde
la voz ha sido Feliciano Valencia, con el fin de evitar que el Ejercito cumpla
su tarea constitucional, además deber moral, de combatir y sacar de esos
territorios a las FARC, con quienes, tal como lo revelan las informaciones de
prensa, están protegidos por indígenas, con quienes mantienen una relación de
contubernio, que llega a negocios de narcotráfico.
Lo que se ha querido
es evitar que el Ejército pueda actuar, con lo que se favorece a las FARC, para lograr una zona
despejada para esta organización terrorista, bajo el falso argumento de la
autonomía y la neutralidad en el conflicto de los indígenas, posición, que
además de mentirosa y engañosa, es perversa.
Es muy diferente la
protesta social a la incitación a la violencia y al desconocimiento de la
constitución. En ninguna parte del video divulgado se aprecia que Piedad
Córdoba promueva entre los indígenas la unión para sacar a las FARC de sus
territorios. Vemos que la cacareada consigna de liberar a sus territorios de la
presencia armada, no es más que el favorecimiento a estos terroristas, para
alcanzar una zona despejada. Aquí no hay nada que vaya encaminado a la justicia
social. Todo se ve más claro ahora.
Tal como lo dijo el señor Ministro de
Defensa: "Es
impensable. Las Fuerzas Armadas no emplean hoy minas por una serie de
protocolos internacionales que el país ha venido firmando. El tema de las minas
es una actividad del terrorismo y no se puede desviar la atención de la
realidad que es que esos artefactos, que ponen indiscriminadamente las FARC,
afectan a campesinos y niños"; por tanto, lo que buscaba la exparlamentaria,
era incitar a los
indígenas a acusar al Ejercito de los muertos o lesionados por minas y a librar
a las FARC de la culpa de los actos de terrorismo, que tanto daño le han
causado a la población y al Ejercito.
Pero a pesar de
estas revelaciones y realidades, lo que causa aún más desazón, es que el Fiscal
General de la Nación salga a decir que las personas tienen el derecho a la
protesta social y pueden deslenguarse en su protesta. Este es el mismo Fiscal
que manifestó a los medios que investigaría al General Santos y al Mayor Galvis
por hacer unos comentarios en
privado en los que “que había que
revocarle el mandato al presidente”, que no constituye ningún delito, diferente
a la arenga realizada por Teodora, que
es una clara incitación al delito.
Diferente la actitud
del Señor Procurador, que ve claramente los hechos y pide que se investiguen,
tal como lo manifestó a los medios, porque, “lo que hubo fue una instigación al delito, lo que
hubo una instigación a la asonada. Eso es un concierto para delinquir y hay
toda una serie de conductas que pueden ser investigadas".
Al país lo están empujando a un
abismo y quienes lo estamos permitiendo, no tendremos una segunda oportunidad,
para salvarlo. Miremos a Venezuela para darnos cuenta de lo que allí pasa.
Bogotá, Julio de 2012
Guerra jurídica contra los militares colombianos
Redireccionamiento
Por: MG Ricardo Rubianogroot Román
Miembro del Centro Colombiano de
Pensamiento Político-Militar
Máster en Seguridad y Defensa
Nacional.
Es inquietante y causa
intranquilidad el evidente deterioro del nivel de seguridad que el país había alcanzado;
por ello, aunque faltaba mucho camino por recorrer, sin duda aquella situación
resultaba mejor que la actual.
Ese notorio menoscabo
de las condiciones, que el gobierno ha calificado de percepciones, se ve reflejado
en encuestas, como la recientemente publicada por varios medios de
comunicación, en la cual se plasma la realidad dominante de nuestra
Nación. Resultaría redundante e innecesario repetir en este escrito el
contenido de la misma, ya que lo procedente y aconsejable es hacer propuestas
para corregir el rumbo de lo que está sucediendo y sugerir acciones que
permitan retomar el sendero y encauzar la orientación que hoy se echa de menos.
Ante todo, resulta indispensable aceptar que hay errores y buscar su
solución. Por ello, el Gobierno no puede seguir insistiendo
en desconocer la realidad, en aras de una pretendida popularidad, que está
resultando, además de inconveniente para el país, contraria a sus pretensiones,
como claramente lo mostraron las encuestas. Ese autoengaño, que insulta la inteligencia
de cualquier colombiano medio y que trata de tergiversar realidades y presentar
estadísticas acomodadas que lesionan su propia credibilidad resultan
contraproducentes ante el real crecimiento de la inseguridad, que se vive, se
siente y se percibe, más cuando la tecnología y la globalización del mundo
permite conocer en tiempo real detalles de acontecimientos de los lugares más
recónditos y lejanos, inocultables, aun por la prensa más comprometida con el
régimen, la que, tardíamente ha tenido que publicar la realidad de la situación
en el Departamento del Cauca, la posición de la población indígena y los
atropellos contra el Ejercito Nacional, la peligrosa escalada del terrorismo
contra la infraestructura petrolera, adicionalmente a que los más
independientes, ya venían registrando la evolución constantemente creciente de sus acciones
contra la población y la Fuerza Pública.
Esa estrategia minó la confianza
e hizo que se perdiera la fe en los anuncios del Gobierno y puso en evidencia
la posición meliflua y acomodaticia del primer mandatario, en particular y del
Ejecutivo en general.
El ministro de defensa
ha pretendido, tal vez de buena fe, comandar las Fuerzas Militares y fungir en la práctica como comandante de
cada una de las Fuerzas (Ejército, Armada y Fuerza Aérea), con los resultados
que hoy se observan. No sobra recordar que los Ministros están para plantear
estrategias globales y orientar las grandes
decisiones y asuntos de su cartera, sin pretender intervenir en cada uno
de los asuntos particulares de su desarrollo, ya que ello conduce al descuido
de los grandes objetivos. Su nivel es gerencial, su trabajo está en la toma decisiones y no en la ejecución
En el Ministerio de
Defensa, responsable de la seguridad, principal y actual preocupación de los colombianos,
desde las épocas del Ministro Pardo se ha incurrido en un error garrafal, que
ha tenido repercusiones graves, cuando ministros muy preparados en temas diferentes a la defensa y seguridad, pero
sin la formación ni experticia en temas militares, que solo se
obtiene con los años en contacto real y no teórico con el combate, pretendieron
asumir el papel de comandantes
operativos y muy a menudo tácticos. El Ministro puede ser el estratega del primer
nivel, quien dice “qué hacer” y señalar el objetivo final, pero es el Comandante
Militar el conductor, quien dice cómo hacerlo, es el Comandante Militar
y solo él, quien fija y ejecuta
la táctica operativa, es el militar quien tiene la maestría en el arte
operacional y el combate, y quien, para ese oficio, se ha preparado a lo largo
de muchos y duros años. Pretender incursionar en sus responsabilidades e
imponerle sus opiniones, apoyado solo en la autoridad del cargo, conduce a descalabros
y reveses.
Las intervenciones del
Presidente y su Ministro de Defensa, deben orientarse a la solución de los
problemas graves, que los hay, del campo militar, como son la desaparición del
fuero militar y su correlativo de la pérdida del espíritu de combate, el
desaliento y desmoralización que producen decisiones como la de la Corte
Constitucional que ordena, sin considerar los intereses más grandes del Estado, el desalojo de parte de una
importante base de operaciones en la Orinoquía colombiana, o la presencia en el
país como asesor del mismo gobierno de un calificado enemigo de la Institución
y delincuente de su país, en donde fue despojado de su investidura de juez por
actos criminales que, en Colombia llevaron a la cárcel a numerosos funcionarios
de la administración.
No se trata de discursos y oratoria, se trata de que desarrollen las
acciones necesarias, sin engaños ni concesiones a quienes pretenden paralizar
las operaciones militares, para atender las reclamaciones urgentes del
estamento militar, que pide seguridad jurídica para cumplir con la misión
constitucional sin entorpecimientos de las mismas autoridades del país. Se
trata de adelantar con diligencia las acciones judiciales contra quienes
atentan contra la institución militar y contra la seguridad del país, sin
abstenerse por simple conveniencia política o personal del presidente o sus
ministros.
Estamos convencidos que alguna parte del gobierno está bien intencionada
y coincidente con nuestro deseo de construir una patria digna, grande, próspera
y responsable como herencia para las generaciones venideras, pero esto solo se logra
con responsabilidad, sin intereses mezquinos, con voluntad real, pero sobre
todo con respeto por la majestad de las instituciones como en el caso de las
FFMM, patrimonio valioso legado por nuestros ancestros. Corresponde al gobierno
redireccionar el rumbo, anteponiendo a sus intereses personales los propios del
país, sin condenar a quienes tienen el valor de expresar su preocupación en
forma leal y abierta.
martes, 31 de julio de 2012
Guerra jurídica contra los militares
Editorial
LA LEGALIZACIÓN CONSTITUCIONAL DE LOS
ABUSOS
A
la fiscalía ya deja de preocuparle la vigencia del acuerdo que firmara en 19967
con el ministerio de defensa, porque ya obtuvieron una norma de muchísima mayor
jerarquía con la consagración
constitucional que se pretende hacer de sus pretensiones.
El
abuso que algunos miembros de la fiscalía hacen de sus atribuciones,
materializado en la maximización, agravamiento y manipulación de los cargos,
como expediente para empapelar a militares,
constituye una práctica común y muy frecuentemente utilizada. Este perverso
subterfugio utilizado con plena conciencia de que constituye un desborde ilegal
que la práctica ha permitido, ha llevado ya a demasiados inocentes a
investigaciones y privación de la libertad total y absolutamente injustas.
La
consagración constitucional que pretende establecer como excepción del
conocimiento de la Justicia Penal Militar de algunas conductas delictivas, no
es más que la legalización de estos abusos que elementos de la fiscalía han
venido haciendo desde tiempo atrás; los crímenes que se proyecta excluir son los
que, sin corresponder y como estrategia siniestra, ordinariamente se atribuyen
casi todos los militares que son investigados por la Unidad de Derechos Humanos
de la Fiscalía.
Esta
maniobra ha avanzado, y cada día cobra mayor impulso, gracias a la inadvertida concientización
de la opinión, la que terminó convencida de que las operaciones militares han
sido la máscara para tapar conductas criminales y nadie, por ello, se atreve a
cuestionar estas acciones, que asumen una apariencia de legalidad; a la
consolidación de la artimaña, contribuye también la poca o nula oposición de
quienes conocen la falsedad de estas premisas y por comodidad, temor o
necesidad, callan y permiten que estas prácticas y las teorías que las
soportan, hagan carrera, independientemente de su inaceptable injusticia y del
perjuicio que han generado a las Fuerzas Militares y Policía y al país, que
pareciera paralizado o indolente.
La
persecución de los culpables, que los hay, no puede llevar al abandono de los
inocentes en manos de un cuerpo de investigadores cargado de intenciones de
diferente índole, en donde bajo el mismo parapeto se escudan, entre otros,
fines ideológicos, políticos o de venganza, junto con consideraciones de conveniencia, de aplauso,
promoción o premio.
La
desprotección de los militares investigados de hoy y de ayer, alcanzará su más
alto nivel cuando el Congreso apruebe el proyecto de Fuero Militar que hace
trámite allí. La Constitución, entonces, garantizará a quienes desde la
Fiscalía persiguen fines políticos para paralizar, definitivamente, las
operaciones militares contra los grupos terroristas. Quienes se llamen a engaño
y sigan creyendo en la bondad del proyecto, mañana serán sus víctimas o los
testigos del descalabro, pero su lamento
será tardío y sin posibilidad de dar marcha atrás para revertir el desorden.
Centro
Colombiano de Pensamiento Político-militar
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