sábado, 11 de febrero de 2012

Guerra jurídica contra la Fuerzas Militares de Colombia

N de la R:


Apreciado Coronel Mejía Gutierrez:

El escrito suyo en el periódico de El Tiempo de hoy 11 de Febrero me capturó de principio a fin. Es un excelente relato lo felicito mi querido Cadete. Y haber conseguido que se publique en el principal diario del país es una proeza y denota lo bien escrito que está. Le comento que hacía meses no lloraba en mi silencio de la madrugada pero reviviendo ese horror del Palacio de Justicia y su valentía de artillero se me desgranaron las lágrimas. No podemos cuantificar todavía el bien que este relato le va a hacer a la causa contra la "Justicia injusta de nuestra justicia" que se ha ensañado contra nosotros los militares. Los que lo admiramos por las luchas de siempre al lado de sus hombres por preservar esta hermosa democracia de libertades y también por esta lucha atroz que lleva a cabo contra fiscales y jueces politizados, lo saludamos como uno de nuestros héroes. Digo que justicia politizada porque nunca arrancaron  a investigar y juzgar a los criminales del m-19, del eln ni mucho menos de las farc y sus voceros infiltrados en las entrañas de las instituciones. Ellos los terroristas de cuello blanco están consiguiendo los triunfos que no pudieron conseguir en los campos de combate. Pero nos estamos preparando también para enfrentarlos en este nuevo ambiente de la guerra que nos plantean.  Un abrazo, de su admirador, compañero y amigo MG J Arias Vivas.






Capítulo del libro '¿De héroe a villano?', del entonces subteniente Hernán Mejía Gutiérrez.
Tomado del periódico eltiempo.com


Hernán Mejía cuenta hoy a su padre ya fallecido la pesadilla que vivió el 6 de noviembre de 1985.


Padre, aún sufro pesadillas por ese infierno. Me duele el alma. Después de 27 años de semejante tragedia, de toda suerte de espectáculos políticos, jurídicos y mediáticos, la más atropellada y torturada víctima ha sido la verdad. Lo digo yo, que era entonces un subteniente de 20 años de edad y que fui destrozado por las balas.

Te contaré los eternos instantes que viví. Era noviembre de 1985. Estaba muy próximo a lograr mi segunda estrella como teniente efectivo. El nuestro era un país inimaginable. Asediado por el narcotráfico y por una fortalecida guerrilla comunista dividida en varios bandos, tenía al frente del Gobierno a un hombre sensible, a un romántico, cuyo sueño eran los acuerdos de paz. El M-19 tenía entre sus cabecillas algunos líderes carismáticos que en virtud de sus ideales revolucionarios -engaño que el tiempo acabaría descubriéndoles- buscaban llevar el conflicto del campo a la ciudad con acciones intrépidas.

Aquel terrible 6 de noviembre me encontraba al mediodía en el Cantón Militar del sur de la capital. Luego de dictar clases de artillería a los cursos para ascenso de oficiales y suboficiales, revisaba el alistamiento de mi pelotón -una unidad recientemente entrenada en combate urbano-, cuando sonó la sirena de alarma de la Unidad Militar. Nunca imaginé lo que me esperaba. (Lea más sobre el holocausto del Palacio de Justicia)

La primera información nos dejó helados. Según ella, un grupo terrorista había tomado violentamente el Capitolio Nacional durante una sesión plenaria del Congreso. Nuestra primera misión era la de aislar el área, identificar a los atacantes y buscar a cualquier precio el rescate del grupo de legisladores que estaban secuestrados. Con ese informe y esa orden, abandoné mi guarnición del sur y con mis hombres en dos camiones militares partimos velozmente rumbo al centro de la ciudad.

Durante los 30 minutos de ese recorrido, mi corazón me latía acelerado y toda suerte de imágenes, como pavorosas burbujas -proyectos, despedidas y premoniciones-, me hervían en la mente. Nadie sabía lo que estaba ocurriendo. Las emisoras transmitían los hechos en el tono de una competencia deportiva. Solo a las 12:30, cuando llegamos a la plaza de Bolívar, percibí que no era el Capitolio la edificación atacada por los terroristas, sino el Palacio de Justicia.

Cuatro horas de caos

Padre mío, nunca pude borrar de mi mente aquel escenario dantesco de la plaza del Libertador, a la que tú me llevabas de la mano cuando niño. El Palacio de Justicia, la propia plaza y las calles adyacentes eran un caos total, caos que reinó durante las cuatro horas que siguieron al asalto. No había unidad de mando.

Veía agentes del DAS, armados y en traje civil; también en civil agentes de la Policía Nacional, con brazaletes y sin equipos de combate; el Batallón Guardia Presidencial en uniforme de gala, y el Ejército, con diversas unidades, todos sin saber la real ubicación del otro y sin comunicación entre los diversos comandantes. Ante semejante dispersión, decidí llevar mi unidad a un sector cercano y protegido, la plazoleta del Colegio de San Bartolomé, para informar por radio a mi comando superior lo que ocurría.

En pocos minutos el comandante de mi batallón se reunió con nosotros. Y hacia las 4 de la tarde, ya se tenía una visión más exacta de la catástrofe y un significativo número de heridos y algunos muertos. Y a esa misma hora recibí la orden que esperaba y que temía: la de acceder con mis hombres al segundo piso del Palacio, rescatar a personas secuestradas y buscar la salida del oficial de operaciones de mi unidad, un mayor, que con pocos hombres se encontraba dentro, en el recinto de una biblioteca, asediado por ráfagas de ametralladora.

Rápidamente di las instrucciones a mis hombres. Del Palacio nos separaban doscientos metros de infierno que recorrimos aturdidos por las explosiones, pegando el cuerpo a las paredes para no ser fácil blanco de un disparo. Nunca he olvidado la frase del general Santander labrada en las lajas sobre el portal del Palacio: "Las armas os han dado la independencia, las leyes os darán la libertad". (Qué ironía, mi viejo, hoy las leyes por las que entregué todo me han quitado injustamente la libertad.)

Nunca pude olvidar la prueba descomunal que fue nuestro ingreso al Palacio de Justicia: el humo del incendio, el aire ardiente con olor a destrucción, los gritos desgarradores, el tableteo de las ametralladoras, la explosión de las granadas lanzadas por los terroristas; un real infierno. Padre mío, estoy seguro de que la patria no volverá a ser la misma después de ese fatídico episodio.

No sé cómo logramos esa tarde sobrevivir, rescatar no pocas personas del enemigo y de las llamas, y asegurar la salida encomendada del oficial de operaciones. Serían algo más de las 8 de la noche cuando fue necesario replegarnos, pues no contábamos con los elementos necesarios para enfrentar el incendio que abrasaba ya gran parte del edificio.

De mi batallón teníamos varios oficiales y suboficiales heridos y un muerto: el teniente Sergio Villamizar, mi amigo, mi compañero de habitación en la barraca. ¿Quién se acuerda de ellos hoy?

Poco duró la recuperación de fuerzas. La noche -te lo cuento, viejo de mi corazón- sería larga e infernal. Más aún: no recuerdo haber cerrado los ojos ni probado bocado en aquellas veintisiete horas amargas, eternas. Pasaban las 11 de la noche cuando nos enteramos de que el teniente Pedro Parada, insigne oficial y gran ser humano, se encontraba herido, acosado por las llamas y con riesgo de ser ultimado por los guerrilleros del M-19. Era necesario evacuarlo. Y yo con mis hombres me comprometí a hacerlo.

Padre: como soldado limpio siempre he pensado que nuestros disparos en una batalla deben salir sin odio, que el oponente es un hombre que tiene sus convicciones como yo las mías. Cuatro de mis hombres cayeron heridos en la tarea de rescate. Los evacuamos a ellos y a Parada. Aunque malherido, nunca se rindió.

Y ahora me pregunto que si lo que te narro ocurriese hoy, los soldados combatirían con el mismo ímpetu de entonces. Creo que el Estado no merece los soldados que ha tenido. Les ha pagado muy mal.

La pesadilla no termina

A las 2 de la mañana llegué de nuevo con mi diezmada unidad a la plazoleta del Colegio de San Bartolomé. Estábamos teñidos de gris oscuro por el humo, manchados con la sangre de los heridos, con olor de pólvora hasta los huesos y con el corazón rasgado por las escenas vistas y vividas. Recostados contra las columnas y paredes, nos mirábamos sin hablar. Sí, padre, no estábamos seguros de salir vivos al terminar la noche. Recuerdo que hacia las 5 de la mañana, siete oficiales fuimos reunidos para escuchar en un pasillo del colegio el mensaje lanzado por el comandante del Ejército. "Recae sobre ustedes -dijo- la responsabilidad de salvar la patria. Ruego a Dios que no seamos inferiores al reto. Vayan, soldados, escriban con honor esta página de la historia".

Hubo un silencio, y minutos después nuestro comandante de batallón indicó quiénes debíamos regresar al Palacio para recuperar lo que quedaba de él. "Ingresará adelante, maniobrando con su pelotón, el teniente José Vicente Uribe. Debe buscar a toda costa llegar y consolidar el tercer piso. Lo sigue con su pelotón, para apoyar esta misión, el teniente Hernán Mejía Gutiérrez. Preparen las unidades y en cinco minutos cruzan la línea de partida".

Sentí un frío en el alma

Te cuento, padre, que aún se me hiela la sangre al rememorar esa horrible pesadilla. El teniente José Vicente Uribe era un hombre muy valiente, de gran simpatía e imponente presencia. Superior mío, teníamos una gran amistad. Compartimos momentos inolvidables. Lo veo cubriendo ágilmente la distancia hacia la entrada principal del Palacio de Justicia, antes de desaparecer con sus hombres en las entrañas de ese gran monstruo ahogado en cenizas.

Ahora el turno era mío. Logramos arribar a la entrada en pocos minutos. Distribuí la unidad a lado y lado del portal. Recibíamos fuego enemigo. Estaba ya dentro del Palacio cuando el radioperador me informa que me llama el teniente Uribe. Le respondo en medio del fuego de fusiles y granadas y con el suelo ardiendo hasta el punto que parecía derretir la suela de mis botas.

Uribe me ordena que acceda al segundo piso mientras él intentaría llegar al tercero. Cuando estoy llegando al final de la escalera, las ráfagas de fusil arrecian, hay dos explosiones y todo se llena de polvo y de humo. Por unos instantes quedamos ciegos. Oigo gritos y quejidos. Llamo a gritos a Uribe, y de pronto lo veo tirado en el suelo, cubierto de sangre y sin poder levantarse. Su radioperador y otro soldado se quejan en el suelo incandescente del segundo piso.
Informo por radio al comandante del batallón que el teniente Uribe está herido, con impresionantes rasgaduras en los muslos, que pierde mucha sangre y está muy pálido. Se me ordena que lo haga llegar al primer piso y luego que asuma su unidad y la mía para cumplir la misión que teníamos. Padre, fue un choque. Tardé varios segundos en asimilar la orden. Todos mis antecesores estaban muertos o heridos y la arremetida del grupo insurgente ubicado en el tercer piso era escalofriante. De modo que reorganicé los pelotones, hablé con cada uno de los soldados y decidí que un grupo quedaría en el segundo mientras otro, con Grajales y yo, buscaría alcanzar el tercer piso.

Eran las 9 de la mañana pasadas. Avanzamos a pequeños saltos. De pronto sentí que me fallaba la pierna izquierda. Caí contra la baranda. Miré con recelo la herida: estaba una cuarta debajo de la rodilla y la sangre caliente empapaba mi vida entera. Sentí miedo, temblaba. Fueron segundos eternos. Grajales se acercó diciéndome: "Es solo carne, la bala no tocó el hueso". Me colocó una venda con tela y el dolor se me olvidó. No pedí evacuación. Era el único oficial. A las 10 pasadas estaba informando que había ocupado el tercer piso y que requería apoyos para relevar a mis agotados subalternos. Al saber que éramos el Ejército, dos docenas de personas atemorizadas, llorando o riendo, salieron de sus escondites y abrazaban a los soldados.

Mi comandante preguntaba por mi estado. En los medios de comunicación, tú, padre, y mi vieja, oían decir que el teniente Mejía Gutiérrez había muerto.

Al borde de la muerte

Traté de hacer un registro del sector. Avanzábamos por entre los escombros de lo que fueron oficinas, cuando nuevamente se desencadenó una andanada de explosiones y ráfagas. Di varios botes buscando protección, pero un calambre me inmovilizó. Traté de incorporarme y en ese instante un nuevo impacto me lanzó contra la ventana. Sentí cómo perdía mi aliento. Pasaban por mi mente en atropellada secuencia momentos de mi vida. Alcancé a despedirme de mis padres. Me estaba muriendo. Divisaba abajo, en la séptima, los letreros rojos del almacén Tía.

Estaba solo. No oía sino los latidos de mi propio corazón. Cuando volví la cabeza para buscar mis tropas, mi sorpresa fue inmensa. Contra la columna contigua a la mía, a unos seis metros de distancia, vi a un hombre con uniforme verde oliva que trataba de incorporarse. Era alto, corpulento. Me vio. Lentamente avanzó hacia mí. Tenía una granada en la mano sin el seguro y en su diestra un pequeño fusil R-15 americano. Yo atiné entonces a gritar: "Les habla el teniente Mejía Gutiérrez. Salgan con las manos en alto. Están rodeados por el Ejército. Entréguense y se les respeta la vida". El oponente siguió avanzando. Lancé una corta plegaria de gratitud al Altísimo, desaseguré mi arma y coloqué el cañón contra mi barbilla. Prefería dispararme antes que rendirme.

Sin embargo, como impulsado por una racha de viento, salí de la columna y quedé frente al enemigo. Estábamos a solo cuatro metros de distancia. Se cruzaron nuestras miradas, se miraron las bocas de nuestras armas y los relámpagos rompieron esta pausa. Disparamos al tiempo. Caí sobre el suelo caliente y me desvanecí. No supe más. A la 1 de la tarde, sentí que al lado de otras tropas mis subalternos me arrastraban hacia el primer piso. Allí estaba el comandante de la brigada. Me miró sobre la camilla y me dijo: "Lo ha entregado todo por la patria, teniente". Y le brotaron algunas lágrimas. Era mi general Arias Cabrales.

Cuando cuatro voluntarios que llevaban mi camilla cruzaban la carrera séptima, se produjeron de nuevo disparos. Los voluntarios soltaron su carga. Quedé tirado en la calle. No sé cómo, intentando arrastrarme, sentí que me jalaban y era introducido en una ambulancia. A mi lado, con la cabeza ensangrentada, vi al sargento Ariel Grajales.

El 9 de noviembre, a mediodía, tú, mi viejo, llegaste triste y preocupado al Hospital Militar; también me visitaban los altos mandos y el Presidente poeta (como yo lo llamaba). Este me dijo: "Teniente, la patria y la democracia han quedado en deuda con usted". Y tú, padre, me dijiste: "Hasta ayer en la tarde te dábamos por muerto. Retírate de esto, yo te apoyo. Tienes 20 años, sigue otra carrera, tal vez es esto un aviso de mi Dios". Padre, he debido hacerte caso. El tiempo me lo ha cobrado sin razón y sin piedad.

Viejo querido: nunca imaginé que después de haber vivido treinta años como soldado, entre montaña y montaña, entre valles y selvas, entre combates y heridas, entre batallas y funerales de mis hombres, en los últimos cinco años de mi existencia quedara privado de todo lo que he querido, empezando por mi libertad. Hoy soy prisionero sin haberle fallado nunca a mi Nación ni a sus leyes ni a mi Ejército ni a mis hijos. Sufro una absurda detención preventiva.

Ahora, ante los últimos acontecimientos, asalta a mi mente la tenebrosa imagen de arribar a la plaza de Bolívar para pedir perdón por haber sido un buen soldado, por haber sido destrozado, en cuerpo, por las balas, y en el alma, por la justicia de mi país.

viernes, 10 de febrero de 2012

Guerra jurídica contra las Fuerzas Militares


¿Las altas Cortes pedirían perdón al pueblo colombiano?

Por General Jaime Ruiz Barrera *


Quien lo creyera. ¡La moral en alto está en este momento en poder de los terroristas, y no en el pueblo colombiano, ni en sus instituciones armadas!

Las altas Cortes, como cabezas visibles de este sistema judicial tan cuestionado y tan desprestigiado, deberían pronunciarse de inmediato, y pedir perdón a la nación entera, por todo el daño que le vienen causando algunos de sus jueces y magistrados, a la institucionalidad del país, al mismo pueblo colombiano y en particular, a todos aquellos que nos defienden como miembros de nuestras Fuerzas Militares.

Para el bien y para el futuro de Colombia, los distintos sectores de nuestra sociedad civil, tales como gremios, prensa, iglesia católica, ciudadano común, deben actuar de inmediato para desagraviar y rodear a nuestros heroicos soldados, que ante la indolencia e indiferencia de todos o de muchos, se convirtieron en sus principales víctimas.

Ellos y sus comandantes, constituyen el objetivo principal de una habilidosa estrategia de lucha, orquestada por la extrema izquierda, nacional e internacional, para causar su desmoralización y ganar así, la guerra política que sistemática y exitosamente, vienen desarrollando en distintos estrados judiciales.

Nuestras continuas victorias en el campo de combate, han disminuido notoriamente. Esa percepción de seguridad que antes existía, y de la cual nos ufanábamos y nos sentíamos orgullosos y tranquilos, también ha disminuido. Todo esto, óigase bien, no es otra cosa que la gravísima resultante de esa persecución sin tregua que adelanta este torcido sistema contra nuestros heroicos combatientes.

Un ejército desmotivado y sin suficiente moral, pierde de inmediato su voluntad de lucha (instrumento vital para lograr la victoria) y aquí o en cualquier otro lugar del mundo, termina fulminantemente derrotado.

Quien lo creyera. La moral en alto, esta en este momento en poder de los terroristas y no en el pueblo colombiano, ni en sus instituciones armadas. Continuarán golpeándonos desde la otra orilla, en evidente alianza con algunos Jueces de la Republica, grupos políticos simpatizantes, periodistas afectos, ONG´s nacionales e internacionales disfrazadas como organismos de derechos humanos, colectivos de abogados, países vecinos que los protegen, y muchos otros enemigos ocultos, que desde la oscuridad los favorecen. Esta es una vieja estrategia política y de tipo militar, que los terroristas siempre han utilizado con singular maestría, cuando se les brinda como ahora, la oportunidad de explotar el éxito alcanzando.

Triste y preocupante haber llegado a esta peligrosa situación, que desde hace algún tiempo, se veía venir a pasos agigantados. No ha sido sorpresa para nadie.

La impunidad manifiesta contra todo lo que signifique la extrema izquierda, la falta de ética e inexplicable conducta de la mayoría o casi totalidad de sus funcionarios, la politización creciente y evidente, la ausencia de profesionalismo, la incapacidad técnica, el revanchismo, etc. y sobre todo, la total desconfianza que ha generado en todo el pueblo colombiano, impone una reforma contundente para eliminar de un solo tajo, tanto vicio, tanta vergüenza y tanta ignominia. Estos si son unos verdaderos motivos para dar marcha atrás, y para que nuestras altas Cortes pidan publica y gallardamente perdón al pueblo colombiano. No es el ejército, el que según ellos, debe hacerlo por defender la patria.

¡Este otrora tan reconocido y respetable sistema judicial, ha colapsado...!
Esto es lo que pienso como ciudadano y como soldado de la República.

Brigadier General Jaime Ruiz Barrera
Reserva Activa Ejército Nacional

* Miembro del Centro Colombiano de Estudios Políticos y Militares y Candidato a la Presidencia de ACORE 2012

miércoles, 8 de febrero de 2012


http://www.eltiempo.com/opinion/columnistas/mauriciovargas/injusta-justicia_11073484-4

Injusta justicia
Por: MAURICIO VARGAS | 8:29 p.m. | 05 de Febrero del 2012





Mauricio Vargas

El fallo sobre Plazas es el último eslabón de una cadena de equivocaciones que premia a los guerrilleros y castiga a los militares.


 La duda favorece a Piedad Córdoba, pero condena a Plazas.


Hace bien el presidente Juan Manuel Santos en renegar de su promesa de inicios de mandato -durante la engañosa luna de miel con las altas cortes- cuando aseguró que nunca criticaría un fallo judicial, y proceder ahora a cuestionar el del Tribunal Superior de Bogotá que condena a 30 años de prisión al coronel Alfonso Plazas Vega por su actuación en la toma del Palacio de Justicia. Fallo que, además, demanda que el presidente de entonces, Belisario Betancur, sea juzgado por la Corte Penal Internacional, y ordena al Ejército pedir perdón por los hechos.

Aunque los magistrados se molesten, todos los colombianos, incluido el Primer Mandatario, tenemos derecho a opinar sobre las decisiones de los tribunales. Otra cosa es que estemos obligados a acatarlas. Santos registra la misma molestia que millones de colombianos frente a la evolución de los procesos judiciales sobre las horas de terror vividas entre el 5 y el 6 de noviembre de 1985 en el Palacio de Justicia.

Para las nuevas generaciones -y para los olvidadizos-, recordemos los hechos. Decenas de guerrilleros del M-19 se tomaron a sangre y fuego el Palacio, asesinaron a guardias y custodios, tomaron como rehenes a magistrados de las altas cortes, quemaron expedientes para ayudar a grandes capos de la mafia, y pusieron al país al borde del colapso absoluto. Pretendían hacerse fuertes, negociar un alto el fuego en el edificio y obligar al presidente Belisario Betancur, que tanto se excedió en generosidad e ingenuidad en su fallido proceso de paz, a hacerse presente para ser juzgado por los guerrilleros.

La reacción de los militares no se hizo esperar. Sin preparación alguna en este tipo de operaciones, pasaron una veintena de horas tratando de recuperar el edificio, algo que sólo lograron con su virtual destrucción y la muerte de decenas de empleados y magistrados, muchos de ellos asesinados a sangre fría por los asaltantes. Aunque es verdad que los militares salvaron la vida de muchos, también lo es que, en la paranoia antisubversiva de entonces, cometieron excesos y, sin duda, barbaridades, al detener a algunos de ellos, llevarlos sin orden judicial a instalaciones militares y, según testimonios, torturarlos y desaparecerlos.

De eso último ha sido acusado el entonces coronel Plazas, convertido en leyenda al responder en esas horas a un periodista que le preguntaba qué estaba haciendo: "Defendiendo la democracia", dijo sin titubeos. Ese protagonismo le granjeó odios que hoy le pasan la cuenta. Lo menos que se puede decir del fallo que lo condenó es que está lleno de vacíos y contradicciones, como lo demostró ayer en su columna de este diario mi colega María Isabel Rueda.

El quid del asunto es que millones de colombianos se niegan a entender que mientras algunos de los líderes del grupo asaltante hoy gobiernan a Bogotá por el favor de la misma democracia que Plazas decía defender, el militar retirado vaya a pasar el resto de sus días en prisión. En conclusión, lo que a muchos indigna es que la sociedad aplique el máximo castigo a los militares que defendieron a las instituciones (imperfectas, pero en todo caso más legítimas que los terroristas), mientras perdonó y ahora premia con honores democráticos a los líderes del grupo terrorista asaltante.

En eso, el fallo de la justicia contra Plazas es, en esencia, injusto. Y perfila una constante: durísimas -y merecidas- condenas a los políticos aliados con los paramilitares, y la vista gorda de la Corte Suprema frente a los políticos dedicados a hacerles mandados a las Farc, a esas mismas Farc que siguen matando civiles. La duda favorece a Piedad Córdoba, pero condena a Plazas. 

Y la reacción de Santos, que tanto molestó a las cortes, recoge esa honda indignación de millones de colombianos.

mvargaslina@hotmail.com

martes, 7 de febrero de 2012


Tomado de   El País

"Hubo desaparecidos, pero el responsable no es Plazas Vega": Procurador

Como un hecho dramático y una evidencia de la existencia de una guerra jurídica contra la institución castrense calificó el Procurador General de la Nación, Alejandro Ordóñez, la ratificación de la condena al coronel en retiro Alfonso Plazas Vega quien deberá purgar una pena de 30 años de cárcel por la desaparición de dos personas tras la retoma del Palacio de Justicia en noviembre de 1985.

“Hubo desapariciones, pero el responsable no es Plazas Vega (…) No hay pruebas y así lo dirá la Procuraduría en el recurso de casación”, dijo el Jefe del Ministerio Público en la FM.

Pero Ordóñez fue más allá al señalar que Plazas Vega es el ‘chivo expiatorio’ emblemático de una guerra jurídica que se refleja también en casos como el del general Uscategui, el bombardeo a Santodomingo, Arauca, y el del general Arias Cabrales. Para el Procurador, se trata en parte de casos en los que se ha desconocido el derecho a la defensa.

Más duras fueron sus críticas al proceso de construcción de memoria histórica al señalar que se “está llorando por un solo ojo”, documentando hechos cometidos solo por unos grupos armados que, en últimas dejan -según Ordóñez- una visión de que la criminalidad paga y de que la institucionalidad actúa de forma ilegítima.

Además, Ordóñez estimó que se está en un escenario del “derecho penal del enemigo”, en el que Plazas Vega como investigado puede ser juzgado y condenado a penas “exageradas” y la institución castrense queda como un “enemigo”.

El jefe del Ministerio Público dio como ejemplo de este argumento que Plazas fue condenado en primera instancia por la desaparición de 11 personas y, en segunda, por la de dos más, lo cual dejo en firme la pena que le habían impuesto.

“No se puede considerar que la institución castrense es una estructura organizada para delinquir que de manera permanente tiene la directriz de la desaparición forzada”, dijo Ordóñez al rechazar el perdón que ordenó el Tribunal que hiciera el Ejército por los hechos de la retoma.

Para Ordóñez además es claro que el M-19 cometió crímenes de lesa humanidad y aún así fue indultado por “haber actuado como sicarios del narcotráfico”. Esto, al señalar que está documentado una supuesta “instrumentalización” por parte de Pablo Escobar en los hechos.

Dijo el Procurador que el “M-19 fue indultado, Plazas se le condena a 30 años. Las AUC tienen condenas a 7 años (sic)”, dijo.

Ordóñez reiteró que la Corte Penal Internacional no tiene competencia para investigar al expresidente Belisario Betancur, así se trate de presuntos derechos de lesa humanidad, porque el Estatuto de Roma rige en Colombia desde el 2002

El jefe del ministerio público calificó este hecho además cómo “dramático” porque el fallo condenatorio del Tribunal Superior de Bogotá estaría afirmando que “el estado colombiano es inviable, que no tiene administración justicia y por eso puede entrar un tribunal internacional. Se está afirmado que por ejemplo el señor Gadaffi es comparable con el expresidente Betancur”.

En su crítica, Ordóñez señaló no obstante que no se deberían dramatizar ni las críticas a los fallos judiciales que hagan los procesados en las instancias correspondientes, ni en el escenario político que dejan sus consecuencias.

Por otra parte, el procurador Ordóñez afirmó también este lunes que sí desea ser reelegido en el cargo, y que ya habló con el presidente Juan Manuel Santos sobre el tema.

“Yo quiero la reelección pero eso no depende de mí. A mí me gusta la función pública, es mi vocación”, dijo Ordóñez en diálogo con La FM al rechazar cualquier aspiración presidencial.

“Voy a realizar todos los actos necesarios para obtener la reelección pero no depende de mí porque hay una reforma que dice que es el presidente quien hace la terna, pero de pronto el marco constitucional es el actual” , dijo.



Golpe de Estado al honor militar


Golpe de Estado al honor militar

Por: ÓSCAR IVÁN ZULUAGA | 8:29 p.m. | 05 de Febrero del 2012
Tomado del diario El Tiempo

Los jueces tienen la última palabra y esas son las reglas del juego democrático, pero la última palabra en este caso no se ha dicho todavía.
Estoy seguro de que los militares preferirían renunciar antes que ver mancillado el honor militar.
El reciente fallo promulgado por el Tribunal Superior de Bogotá respecto a los hechos del Palacio de Justicia ha generado una profunda indignación en la sociedad colombiana -y no sin razón-. Es cierto que los fallos de la justicia deben respetarse. Pero no se sigue que sean incontrovertibles, mucho menos cuando los errores de un juez ponen en juego la credibilidad de las instituciones. Los jueces tienen la última palabra y esas son las reglas del juego democrático, pero la última palabra en este caso no se ha dicho todavía. Así las cosas, participar en esta necesaria polémica no constituye desacato ni presión a la justicia.
El fallo en mención contiene tres elementos preocupantes. En primer lugar, señala al expresidente Betancur como responsable de delitos de lesa humanidad y pide su juzgamiento por parte de la Corte Penal Internacional. Es muy grave que un alto tribunal haya llegado a semejante conclusión, que entre otras cosas desconoce las fechas de aplicación de las normas de la Corte Penal Internacional.
En segundo lugar, ratifica la condena de 30 años contra el Coronel Plazas Vega, a pesar de la insistencia de la Procuraduría General de la Nación sobre las inconsistencias del testimonio del testigo base que sustentó la decisión del tribunal. Dichas inconsistencias menoscaban la plena certeza de la prueba que debe sustentar toda decisión en materia penal.
Como si esto fuera poco, el fallo exige al Ejército pedir perdón en un acto público en la Plaza de Bolívar, ignorando que desde mediados del siglo XIX se extinguió la pena de vergüenza pública en el Código Penal Colombiano.
Las Fuerzas Armadas han sido pilar fundamental para la construcción de la democracia y nuestro soldados y policías han entregado sus vidas para defender la libertad y las instituciones de los terroristas que sistemáticamente han atentado contra la sociedad colombiana. Nuestro Ejército, además, se ha caracterizado por el respeto al Estado de Derecho y el acatamiento de las decisiones de la justicia. A la luz de esos hechos, la decisión del tribunal constituye un golpe de Estado al honor militar y afecta la confianza en los jueces.
El caso del Palacio de Justicia es uno de los más trágicos episodios de la historia colombiana. La guerrilla del M-19, con el apoyo del narcotráfico, produjo un holocausto que comprometió la estabilidad democrática del país. Pese a ello, la sociedad colombiana, en un acto de generosidad, perdonó al M-19 y permitió su indulto a través de una ley.
¿Cómo es posible que un alto tribunal pretenda ahora que el Ejército, que obró en defensa de los valores democráticos, se declare culpable por actuar conforme a los principios consagrados en su juramento?
Estoy seguro de que los militares preferirían renunciar antes que ver mancillado el honor militar y el nombre de su institución.
Razón tiene el presidente Santos cuando, interpretando el sentir ciudadano, les pide perdón al expresidente Betancur y a las Fuerzas Militares. La Procuraduría ha anunciado la impugnación del fallo a través del recurso de casación ante la Sala Plena de la Corte Suprema de Justicia. Este tribunal de máxima instancia, sabiendo lo que está en juego para el país y sus instituciones, debería corregir la desviación de justicia que se ha producido con absoluta celeridad.
Es momento de cerrar el capítulo del Palacio de Justicia de manera definitiva. Por ello resulta oportuna la propuesta del expresidente Uribe de que el Congreso adopte una legislación especial para los militares involucrados. Por lo visto, solo así podremos evitar que este episodio siga resucitando a través de decisiones judiciales tan equivocadas como la que se produjo en estos días.



Comentario por Twitter: La solución no es una “legislación especial”, ¿Qué se resolvería con crear un estamento nuevo cuando la justicia está contaminada  por el sesgo ideológico de sus operadores judiciales? Hay que corregir la causa para evitar el efecto. Está probado que los fallos se han producido basados en falsa pruebas y falsos testigos, en “desaparecidos” que tiene la Fiscalía y que se resiste a probar y a que les hagan las pruebas de ADN para que puedan ser entregados a sus dolientes y puedan asumir el duelo develando esto una falta de humanidad de lo más oprobioso; en darle la razón a un representante de las víctimas de manera prevaricadora todos estos hechos, que no es otro, que Guarín, que es un miembro del m-19, asaltante de bancos, secuestrador y en posesión de un arma de un policía asesinado. Es de llamar la atención que el magistrado ponente Hermes Lara deje un pulcro documento donde registra las razones por las que hace salvamento de voto ante una fallo como el del otro magistrado Alberto Poveda, militante del Polo, que evidentemente estaba impedido por esta razón. 
Como decíamos, si el magistrado ponente, conocedor a fondo del expediente proyectó un fallo para que se liberara al Coronel Plazas Vega, los otros, al menos uno, con sesgada carga ideológica y llegando en “paracaídas” procedan a inclinarse por lo opuesto. No es vendiendo el sofá que se arreglan las cosas.

lunes, 6 de febrero de 2012

DISENTIR NO ES GOLPISTA


DISENTIR NO ES GOLPISTA
María Isabel Rueda

Mar "La justicia no puede ser tan arrogante como para asumir que quien discrepe de algo tan eminentemente conceptual como es la interpretación del derecho, lo que está es llamando a la desobediencia civil."

¿Estamos ante un fallo serio? Disiento. Y vuelvo a disentir.

El respetado abogado Yesid Reyes, hijo del magistrado Reyes Echandía, uno de los mártires del Palacio de Justicia cuya rectitud echa de menos todos los días este país tan judicialmente desafinado, afirma que controvertir el fallo del Tribunal Superior de Bogotá en el caso del coronel Plazas "es un irrespeto a la justicia". Pero la justicia no puede ser tan arrogante como para asumir que quien discrepe de algo tan eminentemente conceptual como es la interpretación del derecho, lo que está es llamando a la desobediencia civil.

Pues después de haber leído juiciosamente sus 968 páginas, uno descubre con terror que a un colombiano lo pueden condenar a 30 años de cárcel, como al coronel Plazas, con base en las siguientes pruebas: 1. Un casete de audio que se perdió. (Solo quedó la transcripción hecha por una juez que admite como persona seria no poder responder por la autenticidad del casete, dejado anónimamente en la silla de una cafetería.) 2. Un testigo al que la defensa jamás pudo contrainterrogar, aunque según el Tribunal "no es condición para ejercer el derecho de defensa que se pueda contrainterrogar a un testigo de cargo". (¡Qué barbaridad!) 3. Una diligencia de la que no quedó registrada la fecha en la que se realizó. "Es una irregularidad", dice el Tribunal, "pero se puede deducir de otras actuaciones". 4. Un testigo que dice llamarse Villamizar pero firma como Villarreal. "Una grave desatención de la Fiscalía", según el Tribunal, que "no impide concluir que declaró Villamizar y no Villarreal". 5. Un testigo que no puso su huella en su declaración. "La huella solo es exigible cuando el testigo no quiere o no sabe firmar." 6. Un testigo que sí firmó, pero con una firma que no coincide con su firma. Según el Tribunal, eso tampoco importa, porque "para cada acontecimiento ese testigo usa estampar una rúbrica diferente". Por favor. ¿Qué garantías hay de que un testigo semejante no fue suplantado?

Doctor Yesid: a mí me enseñaron otro derecho penal. Uno en el que pruebas tan endebles producen dudas que se deben interpretar a favor de la presunción de inocencia del reo, como lo hace uno de los tres magistrados del Tribunal que deja un salvamento de voto.

Pero hay otros motivos graves de disenso.
- El fallo concluye que había un aparato de poder al interior del Ejército encargado de realizar desapariciones. En el discurrir del fallo no encuentro probada semejante barbaridad.
- El Tribunal es una segunda instancia sobre el caso concreto del coronel Plazas. No entiendo de dónde sale su atribución de imponerle una condena subsidiaria, y sin ser sujeto procesal, al Ejército de Colombia, como es la de pedir perdón no sabemos a quién, que no figura en la tipificación del derecho colombiano.
- El presidente Betancur ha acudido siete veces en 26 años al llamado de la justicia, que jamás le ha podido probar, a este hombre dignamente retirado en la intelectualidad, su participación en una desaparición de ningún ser humano. 

Por lo tanto, es una necedad jurídica suponer que aquí cabe el sistema subsidiario de la Corte Penal Internacional.
¿Cuántos desaparecidos finalmente deja la recuperación del Palacio de Justicia? Durante 26 años se ha dicho que once.

En su fallo, el Tribunal de Bogotá dice que solo está confirmada la desaparición de dos, la guerrillera Irma Franco Pineda y el administrador de la cafetería, Carlos Augusto Rodríguez Vera, por las cuales "rebaja" la culpabilidad del coronel Plazas de once desaparecidos a dos.

El tercer magistrado ponente del Tribunal deja un salvamento de voto en el que dice que para él la única desaparición confirmada del Palacio de Justicia es la de la guerrillera Irma Franco.

¿Estamos ante un fallo serio? Disiento. Y vuelvo a disentir.

HABÍA UNA VEZ... Cuando a los bogotanos nos iban a construir una gran avenida longitudinal en el occidente.

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http://m.eltiempo.com/opinion/columnistas/maraisabelrueda/disentir-no-es-golpista/11069364/1