martes, 25 de febrero de 2014

Manual de Convivencia de las Farc para la zona del Putumayo



Estas son las normas espartanas a que serán sometidos los habitantes  de las Zonas de Reserva Campesina que el gobierno va a legalizarles a las Farc en las negociaciones de Paz en La Habana. 

Ver análisis en: 

lunes, 24 de febrero de 2014

Las Fuerzas Militares no son negociables en La Habana

Detrás de la barrida de Barrero
Por Rafael Guarín
OPINIÓN.Revista Semana

Santos tiene problemas para cohesionar el Ejército, no porque esté en contra del proceso de paz, ni mucho menos, ni porque exista ruido de sables o amenaza de ruptura constitucional. ¡No! Los militares colombianos son respetuosos del poder civil y se someten al estado social de derecho, pero les preocupa cuál será el tratamiento político y jurídico que recibirán una vez se llegue a un “acuerdo de terminación del conflicto” con las FARC y cuál será el futuro de su institución.

Es obvio. La experiencia demuestra que los militares van a la cárcel y los exguerrilleros al poder. Mientras los que enfrentaron a los criminales son perseguidos y privados de la libertad, muchas veces injustamente, quienes se dedicaron a extorsionar, asesinar, masacrar, violar, traficar drogas, enriquecerse ilícitamente y reclutar niños van directo al Congreso, ministerios o a la Presidencia de la República. A las fuerzas armadas las estigmatizan, las califican de instrumentos de terror estatal, y a los terroristas los exaltan como estadistas hasta graduarlos de héroes. Mientras a los soldados se les excluye, señala y repudia, a los criminales se les convierte en referente moral.  
                                    
Por eso la posición del saliente Comandante de las Fuerzas Militares, General Leonardo Barrero, era clara: no se puede negociar a las FF.MM. en La Habana. Su planteamiento, compartido por un amplio sector de las fuerzas, es que no se deben pactar reformas al estamento castrense con Timochenko. ¿Razonable? ¡Por supuesto! Aceptarlo implicaría que son las FF.MM. las causantes de la violencia y por eso se deben intervenir de común acuerdo con los terroristas.

Además, significa admitir que por ese camino la suerte jurídica de los militares no se resuelva en el Congreso, ni en las cortes y dependa de Márquez y Catatumbo. ¡Triste historia! Los militares y policías que ofrendaron su vida en defensa de los derechos de los ciudadanos dependen ahora de las FARC. ¡Victoria fariana!

En los pasillos del Ministerio de Defensa y entre altos oficiales se menciona que la barrida a Barrero tiene que ver con que, en el evento de rendición de cuentas efectuado hace tres semanas por el sector defensa, el comandante se atrevió a decir públicamente al Presidente Santos que las FF.MM. no podían ser objeto de negociación en La Habana. Todo el resto que rodea su salida es escenografía montada con el cuidado que permitiera distraer la verdadera razón.

Esas mismas fuentes reconocen que Barrero se salió del guión, no sólo por su criterio frente al uso de la fuerza en el marco del DIH contra las bandas criminales, cosa que Sergio Jaramillo veta aún por encima del ministro Juan Carlos Pinzón, sino porque en una reciente reunión con presencia de varios generales en Villavicencio, que congregaba comandantes del Comando Conjunto del Sur Oriente, Barrero intervino públicamente después de Jaramillo con observaciones que aumentaron la inconformidad de ese sector del gobierno.

La preocupación de los militares tiene fundamento. En el marco jurídico para la paz, nombre pomposo con el cual se bautizó la reforma constitucional que permite la impunidad para las FARC, metieron un mico que al parecer el MinDefensa aún no ve o ayudó a redactar: “Una ley estatutaria podrá autorizar que, en el marco de un acuerdo de paz, se dé un trato diferenciado para los distintos grupos armados al margen de la ley que hayan sido parte en el conflicto armado interno y también para los agentes del Estado, en relación con su participación en el mismo”. Sí, en “en el marco de un acuerdo de paz”, es decir, en el contexto de un Acuerdo en La Habana con las FARC se definirá el tratamiento jurídico para policías y militares, una interpretación que se debe objetar.

Tan honda es la preocupación en las filas que el General en su carta de despedida, luego de advertir que las FF.MM. están inmersas en una “coyuntura especial” reconoce que “tiene la esperanza que, con la unión de esfuerzos y el compromiso que nos caracteriza, nuestra Institución no será objeto de negociación en escenario alguno, presente o futuro y bajo ninguna circunstancia”.

Y más adelante, en la misma comunicación, Barrero pide el apoyo para la gestión del General de la Reserva Activa Jorge Enrique Mora, a quien reconoce la calidad de “representante en la mesa de conversaciones de La Habana”. Luego, es evidente que la posición de Mora es la misma de Barrero. Al sacar a éste se pretende romper esa llave y quitar el bastión sobre el que Mora se espera sostenga una fuerte posición de defensa de los intereses militares en la mesa con las FARC.

Es forzoso entonces interrogarse sobre si lo que se buscaba al sacar a Barrero es debilitar a Mora. Este General, serio, respetado y escuchado por activos y retirados es garantía; no obstante, juega solo, es decir, tiene que enfrentar la laxitud característica de Sergio Jaramillo en estos temas, el afán de Santos de firmar lo que sea y la codicia del Secretariado que ve en el proceso la oportunidad de pasar una cuenta de cobro y destruir a las fuerzas militares. No hay que olvidar que para los comunistas la “solución política negociada” no es más que una forma lucha revolucionaria.

El mensaje de Barrero no debió fastidiar al presidente a menos que el temor de los militares corresponda a la realidad, caso en el cual la falta de transparencia del gobierno no sería otra cosa que una emboscada. Con habilidad se trataría de adormecer a los militares para llevarlos a un escenario adverso en el que se imponga la transformación de las fuerzas armadas, diseñada a dos manos con las FARC, así se presente de otra forma por el gobierno.

Los militares y policías no son beligerantes. ¡No deben serlo! Les corresponde abstenerse de participar del debate partidista y están destinados a cumplir su labor en el marco del objetivo político fijado por el presidente. Eso no se discute. Pero tampoco caer en el extremo de pretender su silencio absoluto cuando se trata de sus garantías judiciales y del futuro de la propia institución.

En twitter @RafaGuarin


jueves, 20 de febrero de 2014

Guerra política contra el Ejército Nacional

Un escándalo de doble fondo

Por Eduardo Mackenzie
20 de febrero de 2014


Mientras en Venezuela las mayorías están en la calle sufriendo la metralla del régimen de Maduro y luchando por el fin del sangriento y ruinoso experimento chavista, en Colombia estalla una serie de escándalos destinados a fragilizar la fuerza pública que defiende al país de la amenaza chavista.

Tras la salida en falso de la operación Andrómeda, que echó a tierra a dos altos y valiosos oficiales especializados en inteligencia militar, aunque la culpa de éstos no fue probada, tenemos ahora la sorpresiva destitución de la misma cúpula militar por motivos muy discutibles. Esos escándalos en ráfagas, además de sospechosos, son de doble fondo: un escándalo puede esconder otro. Hay un juego entre un escándalo explícito, provocado por una revista y por el jefe del Ejecutivo, y otro que algunos quieren hacer invisible.

Nadie puede creer que el presidente Santos destituyó al General Leonardo Barrero, comandante de las Fuerzas Militares, exitoso combatiente contra las Farc en el sur del país, por haber deslizado, en privado,  en 2012, una frase ridícula contra unos fiscales. Santos, empero, escogió ese pretexto para deshacerse de un alto mando. El mismo admitió que había destituido al General Barrero por una frase. Al hacer tal cosa, el jefe de Estado incurrió en abuso de poder.  Tal movida desnudó aún más a Santos. ¿Por qué él aceptó correr ese riesgo precisamente ahora?  ¿Para cerrar aún más las puertas de su propia reelección?

No se sanciona a nadie por una frase dicha a una persona y en privado. Desde luego, la frase en cuestión fue torpe y hasta coja, pero no era más que eso, una frase. El elemento de la publicidad faltó. Fue un desliz verbal desafortunado. El General Barrero hablaba con un oficial detenido que se quejaba de irregularidades cometidas contra él por la Fiscalía. Barrero no le dio una orden, ni una instrucción. Su frase no fue un acto de servicio. No fue un acto de insubordinación. Fue un comentario suelto, que él repudia y por el cual pidió excusas. Fue una frase como las hay por miles cada día en todos los niveles del Estado y del gobierno. En los pasillos de los ministerios, en los mails y en las conversaciones telefónicas.

La diferencia es que alguien escuchó ilegalmente esa frase, la disecó, la estudió y la envió a otro para que cayera un día (parece que en 2012) a la Comisión de Acusaciones del Congreso. Y la volvió a sacar ahora para que la revista Semana  la transformara en un espectro amenazante, en un crimen de Estado, en medio de una campaña electoral.

Esa revista aceptó, como otras veces, hacer parte de esa obscura intriga –quizás no está en posibilidad de decirle no a ese actor secreto--  y redactó de manera capciosa ese folletón. Aprovechando la inconmensurable fragilidad institucional del país, logró desatar así uno de los golpes más injustos de los últimos años contra los servicios de defensa de Colombia.

Es obvio que ese actor misterioso debe tener en remojo decenas de otras frases indiscretas de sus propios amigos. Y no espera sino que éstos se duerman en el cumplimiento de sus manipulaciones para obligarlos.

“Hagan una mafia para denunciar fiscales y toda esa huevonada” (sic). Como esa frase telegráfica, tan confusa como grosera, no había logrado tumbar al General Barrero en 2012, la revista redactó su libelo de otra manera: amalgamó  las conversaciones de Barrero con el amargado coronel Robinson González, detenido en un centro de reclusión militar, como si éstas hicieran parte de otro entramado: los delitos de contratación en el Ejército, a sabiendas de que a Barrero no se le reprocha nada en materia de contratación. En otras palabras: Semana quiso, con unos párrafos tendenciosos, ponerle la etiqueta de corrupto al General Barrero, para hacerlo caer. Barrero denunció esa manipulación de Semana en su comunicado del 16 de febrero.

Ese escándalo debió haber terminado con las excusas. Fue Santos quien lo redimensionó. ¿Por qué? Desde un ángulo humano,  la tal frase tiene, además, un cierto sentido. La frase alude, evoca, unos fiscales anónimos, es decir denuncia aquella capa de operadores judiciales que son la vergüenza y la pesadilla de la justicia colombiana. La frase iba contra ellos y no contra todos los fiscales, pues los hay muy honorables. Iba contra unos funcionarios que han derribado el debido proceso, que fabrican y escamotean pruebas, que compran testigos, sobre todo cuando el justiciable es un militar. Algunos de esos fiscales han salido por eso de la Fiscalía. Otros fueron a dar a la cárcel. Otros están en líos con la ley. Pero hay otros que siguen allí, incrustados y haciéndole el más grande daño al país.

Más allá de su aspecto primario, la frase criticable del General Barrero reflejaba algo muy cierto: que los militares de Colombia están llegando a un nivel inaudito de saturación y de cólera ante la pérdida del fuero militar, ante el maltrato que sufren a manos del Estado que ellos protegen y, sobre todo, ante la acción subversiva de ciertos fiscales, los principales promotores de lo que ellos ven, con razón, como una guerra judicial piloteada por el terrorismo, sin que el poder central haga nada contra eso. Y demuestra que los altos mandos desconfían del llamado “proceso de paz” en La Habana. Antier, el General Barrero los interpretó a todos cuando dijo que él esperaba  que el Ejército de Colombia no sea nunca “negociado ni en la mesa de La Habana ni en ninguna parte”.

El silencio del presidente Santos ante estas angustias de los militares y policías de Colombia es algo que lo hace indigno de ser reelegido. Esto ocurre cuando el control cubano de Venezuela tambalea. ¿Por qué Santos, en lugar de reforzar la fuerza pública, la única muralla de contención contra las Farc y el narco terrorismo, la hunde en semejante incertidumbre?

Que tal guisote haya sido preparado por Semana, la revista que defiende con ardor la línea del actual gobierno -- hasta el punto de que muchos la ven como el órgano de expresión del presidente Santos--,  permite concluir que el ataque contra la estabilidad del alto mando militar vino del oficialismo más rancio. ¿Cómo pueden las Fuerzas Militares, en esas condiciones de inseguridad moral, psicológica e institucional, combatir  con éxito las bandas armadas del castro-chavismo y echar abajo sus operaciones de toma del poder? ¿Con semejante precedente cómo se sentirá la nueva cúpula militar designada por Santos?

Esta crisis confirma algo que ya sabíamos: que en La Habana Santos no está negociando nada. Lo que sale de Cuba es otra cosa: que las partes ya están realizando lo que presentan como reformas futuras “del postconflicto”. Santos está dirigiendo, desde ya, un reordenamiento capitulador del Estado. No es algo que él y las Farc harán más tarde. Lo están haciendo ya. Sin que nadie haya conocido esos pactos ni aprobado nada. Examine el lector los textos que han lanzado los “plenipotenciarios”. Leyéndolos desde ese ángulo aparece la coherencia de lo que está ocurriendo. Las “partes” se han comprometido a hacer ya mismo estas cosas, sin decirle nada al pueblo, burlándose de su credulidad y de sus inmensos anhelos de paz.

Ese temor penetra ya hasta los círculos santistas. John Marulanda, un perspicaz analista, saludaba ayer la brutal decisión de Santos. El cree ver en eso un acto de “limpieza necesaria que fortifica aún más a la institución”. Sin embargo, con cierto realismo tuvo que ir al fondo del asunto y concluyó: “Ojalá este sometimiento no sea excusa para un futuro desmantelamiento de nuestro Ejército Nacional. Algo que no se sabe si se está negociando en La Habana, Cuba”. El temor es evidente en esa frase, solo que esa concesión a las Farc ya comenzó.  Y la están implementando a golpes pero sin que nadie vea la maniobra. Para eso sirve la propaganda. Para eso sirve Semana.


miércoles, 19 de febrero de 2014

Los ataques al Ejército de Colombia

¿Por qué al Ejército? ¿Por qué ahora?

Por Fernando Londoño H.  
Periódico Debate, Bogotá
17 de febrero de 2014

Nadie se atrevería a poner en duda que la Revista Semana es la voz del Presidente Santos, más confiable para él que el diario El Tiempo. La Revista es de propiedad de Felipe López, uno de los dos personajes que Santos denunció como sus amigos del alma,  y por si fuera poco, el Director es su sobrino Alejandro, hijo de su hermano Enrique, el que le cuadró a los Castro, a Chávez y a las FARC para los diálogos de La Habana.

Establecido ese principio, nadie dudaría que la paliza que desde Semana se le está dando al Ejército viene dirigida desde la Casa de Nariño, porque le conviene a la Casa de Nariño para estas próximas elecciones. Un equipo encabezado por el venezolano J.J. Rendón es capaz de cualquier cosa. Maquiavelismo puro. O si quieren, fascismo sin ambages.

El Ejército es la más amada de nuestras instituciones. Cualquiera encuesta, hecha por tirios o por troyanos, coincide en ello. Pues hay que arrastrarla por el piso y quitarle ese puesto de honor en el corazón de los colombianos. Y ello por una razón tan simple como poderosa: las FARC no firman papel alguno que no contenga la ruina parcial o total del Ejército. Los pueblos sufren las guerras. Pero las ganan o las pierden sus ejércitos.

A Santos le importa un bledo preservar o sacrificar el Ejército. Para un oportunista de su clase ese es asunto menor, cuando tiene en juego su porvenir político y su puesto ante la Historia, lo único que de verdad le importa. Así que adelante, manos a la obra, y la obra se puso en marcha.

Los ataques recientes al Ejército se inician cuando un periodista de Semana cuenta haber sido víctima de un atentado que le hicieron gentes muy malas y de pésima puntería en las cercanías de Tolemaida. Adoba su denuncia con el ataque implacable que esa revista le había organizado al propio Ejército por las supuestas delicias que para los militares presos significaba el paraíso carcelario que precisamente en Tolemaida les tenían organizado.

Pero no bastó. Esos ataques no valieron un rasguño para la imagen soberbia del Ejército. Era menester algo mucho más duro. Y llegó.

Nadie ha podido explicar cómo se descubrió la fachada de Inteligencia Militar montada en el barrio Galerías de Bogotá. Solo lo sabe la Revista Semana. La Inspección del Ejército se queja de la baja eficiencia de contrainteligencia militar que permitió que fuera descubierta. Pues el Presidente, desde el primer minuto del primer día, la emprendió contra el Ejército, dándole pleno crédito a Semana. Pues no le valió. Ni la fachada era ilegal, ni hay constancia de que fuera centro de interceptaciones ilegales. Menudo fiasco para Santos.

Pues cuando se le viene encima el escaparate, Semana le tiende otra malla protectora, a saber, la corrupción del Ejército. Nadie ha dicho quién interceptó las comunicaciones reveladas. Los cuentos no cuadran. Y nadie ha explicado cómo son los militares presos los que manejan los contratos con los militares activos. Pero no importa. Para eso está Semana. Para seguir sosteniendo cualquier infundio y para cavar la fosa moral del Ejército. Las FARC respiran tranquilas. El Ejército no vale una higa y pueden ganar la guerra de La Habana. Y Santos tendrá un papel con el que aspire a reelegirse. Y como dicen los cuentos al final, colorín colorado.